La ‘Catalanofobia’, expresión ideològica de masas del españolismo

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Javier G. Pulido

Revista Nación Andaluza, nº 4, paginas 47-63 Mayo de 1985

¿Quién no ha escuchado o coreado en alguna ocasión un chiste en que un catalán prefiere verse despezado, en la situación más ridícula que imaginarse pueda, antes de abrir su bolsa en lo más mínimo. Como en otros casos –catetos, mexicanos, gitanos… – la esperada carcajada común sólo puede surgir si el auditorio comparte y asume la esquemática tipología paradigmática de la que el chiste participa. La chanza es pues sólo la cúpula visible de un iceberg socio-ideológico que denota prejuicios profundos.

En el caso de la “catalanofobia” –que es el que aquí nos va a ocupar- forma parte de una actitud extendida a lo largo y ancho de toda la Península, de todas las restantes naciones ibéricas. La crítica acerba a lo catalán, la identificación de Cataluña con la arrogancia, con la tacañería, están tan presentes en el sentir general como pueden estarlo la igualación de lo andaluz con la gandulería y el jolgorio permanente o de lo vasco con una imagen brutal rayana en el salvajismo neardenthaliense. Son todos estos, componentes tópicos entrelazados, bases interrelacionadas del edificio ideológico escisionista propio del españolismo[1].

En el fondo, sobre todos ellos, subyace la ocultación de la auténtica carencia de contenidos culturales e históricos de la “españolidad”. La “normalidad” española se presenta así como resultado de la negación sibilina de los caracteres e historias nacionales. La ridiculización de lo catalán, lo vasco, lo andaluz, lo canario… deja como resultado final la excluyente preservación como norma española precisamente de aquello que sólo atendiendo a una defensa de valores extraibéricos puede sostenerse: lo “moderno” (o lo “postmoderno”), lo “cosmopolita”, lo capitalino frente a lo recalcitrantemente “provinciano”. El refrito mesetario de lo anglosajón o parisino –adobado convenientemente de resabios subliminales de raíz imperial castellana- es colocado por elevación como alternativa ideológico-cultural al combate de unas naciones oprimidas en lucha por su soberanía política.

Y dentro de este panorama, la “catalanofobia” juega un papel de primera magnitud. Cataluña, como país pionero en su reivindicación nacional y al tiempo país favorecido por el desarrollo desigual y combinado del capitalismo español, es centro objetivo del ataque españolista. La combinación de estos dos elementos –voluntad de emancipación nacional y capitalismo desarrollado, por tanto imperialista frente a otras naciones ibéricas- es la que permite al españolismo jugar demagógicamente al anticatalanismo y que esta maniobra tenga eco entre las masas; no sólo del Madrid alienado, de la Castilla reseca, sino también de la Andalucía dependiente e incluso de la industrial y nacionalmente concienciada Euskadi.

Y todo ello ocurre sin que estas mismas poblaciones caigan en la cuenta de que este chauvinismo generalizado anticatalán (“antipolaco”, como dicen en el Ejército español) no solamente refuerza en la propia Cataluña a aquellos sectores burgueses más xenófobos –que pueden seguir así refocilándose en el victimismo y en la presentación del enfrentamiento entre pueblos como presunta matriz de la condición oprimida de la nación catalana- sino lo que aún es más grave: es un arma en manos del Estado burgués español para sabotear en lo más profundo cualquier reivindicación de identidad y plena soberanía, no sólo por parte de Cataluña sino también por parte de las restantes naciones oprimidas por el complejo estatal burgués-militar españolista.

La denuncia militante, radical y permanente, de la “catalanofobia” es una tarea primordial a desarrollar por todos/as aquellos/as que en sus respectivos países pelean por sus derechos nacionales y, aún más, pretenden unificar en la voluntad antiestatal –por tanto antiespañola- las demandas de liberación social de las clases trabajadoras de las varias naciones ibéricas; pues –al menos desde Josep Vicent Marqués- ya sabemos que el trabajador no es sólo y exclusivamente proletario sino también mujer, homosexual, andaluz, vasco o gallego al tiempo, siendo un empeño inútil –y además contrarrevolucionario- intentar separar ambas cualificaciones subversivas allí donde existen.

A aclarar este problema en la medida de nuestras modestas capacidades y como introducción al tema, se dedica este articulo.

  • BASES DE LA IDENTIDAD CATALANA.

Son tres las bases en las que se fundamenta la reivindicación política nacional de Cataluña: la historia, la lengua y la economía. Estos tres elementos son los que han jugado, expresamente o no, para basar la existencia de Cataluña como pueblo diferenciado –y oprimido- y servir así de plataforma objetiva al lanzamiento histórico de la voluntad política (con raíz de clase) de emancipación nacional. Un fenómeno evidentemente posterior y sólo influenciado, no directa y linealmente producido –como quiere presentar la burguesía- por estas tres características peculiarizadoras[2]

El desarrollo histórico de Cataluña ha sido específico. Centro político y económico de la Corona de Aragón, adquirió en la Edad Media un nivel comercial alto. Integrada desde la conjunción dinástica entre Isabel y Fernando en la Corona habsburguesa, conservó gracias a la expresión pactista de la unión –claramente contrapuesta a lo que significó la anexión militar directa e inmediata, como en Andalucía-Canarias – instituciones de autogobierno propias al estilo de las comunes en el Medievo fruto de la multilateralización del Poder. Así mantuvo códigos, monedas y mercados autónomos. Sin caer en el error, a nuestro juicio, de considerar a Cataluña como una “nación”[3] –como hace Pierre Vilar- es evidente la singularidad de Cataluña, compartida a niveles político-jurídicos con los otros países forales: vasconavarro, valenciano, balear y aragonés.

Este paraguas legal bajo el cual se cobijaba una sociedad con estructuras diferenciadas permitirá el mantenimiento –y aún acentuación- de estas diferencias y la continuidad de la lengua catalana –lengua cristiana, lengua de un país confederado, no de un país conquistado-

Casi indemne de la rapiña fiscal organizada por la Corona, Cataluña se verá privada de estas instituciones merced a la agresión centralista borbónica. El Estado español naciente tiende a hacerse uno, indiviso; quiere fortalecerse militar y políticamente a partir de la concentración total del poder en Madrid. La derrota catalana de 1714 –culminación del proceso ya iniciado en 1640- y el Decreto de Nueva Planta sellarán esta etapa. A Cataluña se la compensará a lo largo del siglo XVIII con la apertura americana y Cataluña (o su burguesía comercial al menos) aceptará el “cambio”. Pero en todo caso, la identidad del pueblo catalán persistirá, aunque no exista representación de ella en el campo político. Cataluña no conocerá genocidios culturales forzados del tipo andaluz o canario. Cataluña, aunque políticamente inexistente, podrá seguir siendo catalana.

Y en esta persistencia, la lengua catalana hará funciones de vehículo histórico, de rasgo de evidente diferenciación.

Lengua oficial durante la pasada independencia, durante la existencia de la Corona semiconfederal; lengua de la Iglesia catalana. El catalán, aún expulsado de las instituciones, pervivirá como lengua del pueblo, de la burguesía comercial barcelonesa, de los campesinos poseedores, del semiproletariado plebeyo de la ciudad; lengua oprimida pero lengua existente.

El catalán será vinculo homogeneizador y factor de continuidad con el pasado, columna vertebral de la propia identidad.

Cuando cambie la coyuntura, cuando se inicie el desarrollo capitalista catalán, la lengua se convertirá en bandera política. Su defensa, en elemento aglutinador de la demanda nacionalista.

Por otro lado, la peculiar estructura económica catalana favorecerá el surgimiento de la conciencia de diferenciación, transmutada a su debido tiempo en voluntad de construcción nacional.

Cataluña tendrá una estructura agraria basada en la pequeña y media posesión. La aristocracia invertirá sus rentas en el desarrollo industrial, comercial y portuario. La autonomía fiscal permitirá la acumulación de capital y cuando esta autonomía desaparezca el camino estará ya trazado: será en la industria y en el comercio, en el avance de la manufactura y el tráfico, en donde Cataluña podrá encontrar vías de enriquecimiento. Se planteará así de esa manera el “desafío catalán”: conquistar para su sector secundario –primero manufacturero, después industrial- el mercado español. El proteccionismo será, pues, la doctrina económica catalana –coincidente así en cierto grado con los intereses de la oligarquía cerealista castellano-andaluza -La pugna contra el librecambismo será la forma en que se establezca la lucha por la supremacía dentro de las capas burguesas dominantes: de un lado las que apuestan por un desarrollo agroexportador vinculado a la más directa dependencia financiero-industrial con respecto al imperialismo franco-británico; de otro, quienes preconizan -¡Cataluña!- un crecimiento industrial concentrado en determinadas zonas del Estado que mantenga dentro de sus fronteras el grueso del intercambio desigual campo-ciudad, periferia-centro económico. Del compromiso entre ambas posturas –y con la debacle en medio de ellas de zonas de inicial desarrollo industrial, como fue la andaluza- surgirá en su momento el bloque burgués dominante en el Estado, incapaz por su eclecticismo de posibilitar una revolución burguesa radical en el campo agrario e institucional. Toda esta polémica, amén de coartar desde su cuna la capacidad de expansión del capitalismo español, tendrá especiales repercusiones para la identidad catalana.

Cataluña será industrial pero al tiempo pequeño-burguesa. Multitud de propietarios en el campo y en la ciudad, se sentirán orgullosos de su “laboriosidad”; de su capacidad de “creación de riqueza”. Se sentirán, pues, desplazados injustamente tanto del poder real como de las regalías que supone la ocupación del poder institucional. Los catalanes se verán a sí mismos como “gobernados desde fuera” por escribanos y espadones incapaces de fructificar nada pero sí de robarlo todo, en la más vieja tradición española-castellana. Sus criticas a “Madrid” sonarán idénticas a las que en su momento tronaron los criollos de América Latina. ¡Y tendrán toda la razón!.

Los catalanes –por boca de su burguesía ascendente- dirán en 1835 en El Nuevo Vapor: “Estamos convencidos íntimamente de que el catalán no ha nacido para medrar a guisa de animal parásito en una oficina publica; su misión parece que es adelantar la industria, hacer prosperar el comercio y a costa de su sudor volver fértiles y feraces los páramos más riscosos. Su dios social es el Trabajo(…). Si sale de su país y marcha a establecerse en otros, planta allí un taller y con su asiduo trabajo constituye a los naturales en tributarios suyos”. 

Planteamientos evidentemente distintos de las otras capas burguesas no catalanas más atadas a la explotación extensiva de la tierra y a los tejemanejes especulativos con participación en la corrupción estatal. Así, la ideología burguesa tendrá fácil campo de expansión. La situación de subordinación política catalana, la extensión de las capas propietarias, el orgullo por el propio desarrollo, el desprecio al retrasado centro agrario-burocrático; todo ello, combinado con el papel político iniciador de la reivindicación nacional por parte de la burguesía, teñirá la ideología social catalana, la propia caracterización de sí mismos y de los demás de un claro y oscilante color burgués y pequeño-burgués. Progresivo frente a la semifeudalidad ideológica terrateniente, chauvinista en inevitable grado frente a las poblaciones “subdesarrolladas” de los países dependientes y antitéticamente contrapuesto a la voluntad emancipadora independiente e internacionalista propia del proletariado.

Jaume Balmes, en La Suerte de Cataluña (1843), retratará fielmente la visión catalana del Estado centralizador con eje en Madrid: “La vida de España está en las extremidades[4]; el centro está exánime, flaco, frío, poco menos que muerto (…). En Madrid y en todos sus alrededores, nada a larguísima distancia encontrareis (…) ni agricultura, ni industria, ni comercio; a la primera ojeada conoceréis que allí hay una Corte, que allí se han amontonado inmensidad de empleados, con sus oficinas, con su orgullo tradicional, su olvido del país que gobiernan; os convenceréis de que es una conquista sobre el desierto (…) que esa conquista es muy propia para lisonjear la vanidad pero nada sirve para fomentar la riqueza (…) es muy probable que esperando de allá la vivificación tengamos que contentarnos con amontonar y archivar volúmenes de decretos, ordenes e instrucciones, circulares. ‘Lo que es papel, el gobierno nos envía mucho’, decía con admirable buen sentido un sencillo aldeano’”.

Cataluña, el país económicamente mejor situado del Estado, no podrá “cambiar” su prenacionalidad por el desarrollo. No podrá repetirse el esquema francés-provenzal. Será ella la más capitalista y enfrente no tendrá un competidor de su mismo tipo sino una estructura económicamente más débil que sólo podrá utilizar en su contra la fuerza militar administrativa cuando intente pasar de la unificación política a la unificación socio-económica. Cataluña, inevitablemente, y con las dudas y requiebros de su clase dominante que durante cierto tiempo aspira a ser hegemónica directamente en el Estado[5] se construirá como nación. Esta será la tarea del catalanismo, de la catalanidad política.

2     LA CATALANIDAD POLÍTICA

Sin querer, ni mucho menos, profundizar en la historia del catalanismo, es evidente la influencia que para cualquier consolidación nacional tienen los movimientos políticos que desde la vanguardia la proclaman.

Aquí surge otro problema: ¿considerar como parte del movimiento nacional –o de sus expresiones precursoras- fenómenos contemporáneos de contenido reivindicativo político-social marcados por la realidad diferenciada del país pero sin cualificación y autocalificación de carácter nacional?. En esta cuestión cabría la valoración del carlismo y de las juntas revolucionarias liberales del siglo XIX. Autonomía, autogobierno en función de viejos derechos periclitados o sustraídos, incluidos en un discurso más global; consecuencias concretas de la lucha por el poder versus autonomía, autogobierno, necesarios para un pueblo diferente, distinto, depositario en primera instancia de su soberanía, en función de su individualidad y en atención a intereses de clases fundamentales de su sociedad que apoyan esta reclamación.

Optamos por el segundo rumbo, que es, además, el que diferencia históricamente la senda catalana de –por ejemplo- la andaluza. Juntas, rebeliones, constituciones… son comunes. Lo que caracteriza a Cataluña es, primero, la persistencia social del federalismo y, segundo, su “rápida” reconversión operativa en catalanismo, o sea, su tránsito de movimiento de alcance explícitamente estatal a corriente voluntariamente centrada y reducida a la propia realidad catalana. El movimiento político que avanza en común en los dos países, bajo el liderazgo pequeñoburgués del republicanismo federal hasta 1883 (recordar la Constitución republicana de Andalucía de ese año), muere en el sur por falta de cimentación de clase y se reformula en Cataluña. Allí trabaja para conectar con los intereses específicos de una clase real: la burguesía industrial-comercial catalana. La formación de la Lliga Regionalista será el acta de unión entre estos políticos pequeñoburgueses de la etapa anterior y la burguesía catalana, revuelta tras el desastre de 1898. Así, por primera vez, se elaborará un programa y nacerá un movimiento que intente recoger la difusa conciencia de peculiaridad formulándola en orden a la defensa de unos concretos intereses de una clase ascendente. Por eso podemos decir que –pese a todas las peripecias anteriores- es la burguesía la que encabeza formalmente la construcción de Cataluña como Nación; lo que durante un tiempo va a permitirle llevar tras de sí a las abundantes clases intermedias catalanas y aislar al movimiento obrero de ellas. Esos 20 años: 1883-1904, años de trabajo molecular, encierran el diferente camino a seguir y reflejan las realidades socioeconómicas distintas; pero son los años posteriores, hasta la derrota de 1939, los que marcarán los destinos.

Tras un periodo de monopolio burgués –combinado con debilidad proletaria- los repetidos intentos de dotar de una representación política nacional a la pequeña burguesía catalana del campo y la ciudad, autónoma de una burguesía enfangada en la colaboración con el Estado español, darán como resultado la hegemonía de la Esquerra Republicana. En ERC se encontrarán tanto las reivindicaciones de carácter nacional más radicales –inasumibles por la Lliga burguesa- como aquellas específicas de esas capas que, ante la inexistencia de alternativa política nacional de carácter obrero, tienden a autorepresentarse políticamente.

La asunción por parte de sectores del movimiento obrero del problema nacional (POUM, de alguna manera PSUC), la incapacidad de la Esquerra –por su misma naturaleza de clase de dar solución a la opresión nacional, junto a la progresiva polarización de clases –con su consecuente dinámica generalizadora- acabarán por dinamitar cualquier monopolio sobre la cuestión nacional.

La derrota proletaria (iniciada en Mayo de 1937 en la misma Barcelona), consumada en 1938, conllevará no sólo el fin de las esperanzas emancipadoras del proletariado sino también de la propia nación catalana y de las capas más identificadas material y emotivamente con ella.

La resistencia antifranquista (con todas sus grandezas y todas sus miserias) será una resistencia nacional hegemonizada por los partidos de clase (primero CNT, después PSUC fundamentalmente), ante la practica desaparición del nacionalismo pequeño-burgués. Una oposición que combinará las perspectivas democráticas generales con las sentidas reivindicaciones específicas de clase, dentro de un sueño de emancipación nacional de Cataluña (y en el que el fenómeno de la inmigración andaluza de los 60 no dejará de levantar contradicciones que ya estudiaremos en su momento).

Como en muchos otros temas, la practica política de la izquierda reformista (esencialmente el “gran” PSUC de los 60-70) no sólo tendrá efectos negativos en lo que a cuanto demandas de clase se refiere. Su cadena de pactos en lo nacional, su abandono formal de la reivindicación de autodeterminación, regalará de nuevo el problema a la burguesía nacionalista –integrada ya plenamente en el bloque burgués dominante- a través de la mediación pujolista, con su cubrealas de “izquierda”, la menestral y verborreica Esquerra reconvertida de Heribert Barrera. A fin de cuentas, las reivindicaciones catalanas fundamentales quedaran insatisfechas: ni oficialidad exclusiva del catalán, ni soberanía plena ni autodeterminación.

¿Cuál será el panorama final?. Una gran escisión, producto de la ocasión perdida de la Transición: la frustración de la posibilidad de que el movimiento popular encabezara la lucha nacional. Un reforzamiento del chauvinismo, de la ideología burguesa, del vacío culto a los símbolos, del folclore de Sardana y Moreneta (aunque se pueda ver en TV3 Dallas en catalán).

3     RASGOS Y CAUSAS GENERALES DEL ANTICATALANISMO

A ESCALA IBÉRICA

Hemos tenido que dar un rodeo pero ya llegamos al tema central de este articulo. Era necesario previamente establecer los hechos provocadores del fenómeno catalanófobo en positivo para así comprender mejor las formulaciones negativas que éste tomará, tanto a escala general como particular. Evidentemente además, ahora al ir presentando las varias actitudes anticatalanas no solamente estaremos describiendo una relación de envidia-odio hacia Cataluña; simultáneamente estaremos describiendo características propias tanto del españolismo –la ideología oficial de la burguesía centralista y del aparato de Estado español– como de las restantes naciones ibéricas.

Como se ha podido comprobar en las páginas antecedentes, es innegable que el tópico anticatalán tiene alguna relación con la realidad, aunque vista con ojos deformantes y voluntad calumniadora. Es lo que siempre ocurre con los tópicos. Para que sean efectivos han de poseer algún vinculo, bien que éste sea lejano, con los hechos. Así, si al andaluz se le ha llamado “vago” no es ésta más que la presentación burguesa –aún actuante, recordar las críticas, socialdemocracia incluida, a los trabajadores parados del Comunitario– de la situación de desempleo estacional crónico de los obreros del campo. De la misma manera, el carácter burgués-capitalista dominante en la historia de Cataluña ha dado lugar a la generalización a toda una nación de las características propias de su clase dominante, prueba en definitiva de su naturaleza diferenciada con respecto a las otras capas explotadoras del Estrado.

Históricamente los catalanes han vivido en buena parte del comercio. Con ello no queremos ocultar la importancia del agro catalán pero es indudable que el operativo factor comercial, inexistente en otras zonas, ha marcado singularmente a los catalanes antes incluso de su desarrollo como país capitalista. El catalán ha sido buhonero, tratante, mercader; se ha establecido en todos los rincones peninsulares en donde hubiera cruce de líneas de tráfico e intercambio. Ha sido, pues “cosmopolita” pero siempre catalán. Su lengua, su actitud mercantil en medio de un panorama señorial lo han personalizado siempre. El catalán ha sido, tras la expulsión de la clase étnica hebrea, el sustituto en la Península Ibérica del judío. Así, ha despertado el odio no sólo de los campesinos, sino también de los oligarcas locales, de sus competidores comerciales autóctonos. Las deudas, la impotencia, la imposibilidad de descalificación semirreligiosa –el catalán es “cristiano viejo”– han derivado en xenofobia anticatalana. Los catalanes han estado presentes desde Antequera a las costas gallegas y siempre se han distinguido por su espíritu de grupo, por su solidaridad étnico-clasista; han hecho permanecer durante todo el período precapitalista el espíritu de los “consulados” catalanes de la Edad Media y, aunque a efectos cuantitativos mucho mayor ha sido el expolio de los banqueros flamencos, genoveses o alemanes, el catalán mercader, prestamista o artesano, por su misma modestia en comparación a éstos, ha estado mucho más cerca de los pueblos y por tanto ha recibido más odio de ellos. Su condición de “extranjeros”, súbditos de una misma Corona y vecinos, ha despertado aún más animadversión mientras se comprobaba sus posibilidades –derivadas de su foralidad– de salvarse del robo organizado por el Fisco imperial.

Los restantes pueblos ibéricos, tras siglos de convivencia con elementos burgueses catalanes, han generalizado a todos ellos esta adscripción de clase y el desarrollo capitalista posterior no ha hecho más que fortalecer y aun ahondar esta imagen representativa que, en sí misma, oculta a otros sectores incluso mayoritarios de la propia Cataluña.

Por otro lado, el amor del catalán a su propia lengua, su rechazo a abandonarla en cualesquiera circunstancias, ha producido un choque emotivo. El pancastellanismo ha encontrado un rival que no se somete. Las victorias político-militares del castellano en Andalucía y Canarias, la absorción de las lenguas aragonesa y leonesa, el uso vergonzante del gallego campesino, etc no han tenido correspondencia frente al orgulloso catalán, mucho más consolidado y protegido por sus instituciones públicas o privadas. Para los castellanoparlantes –incluso para los no castellanos– ha sido desgraciadamente afrenta el comprobar que pese a la unificación política forzada Cataluña no ha arriado la bandera lingüística y los que la rindieron en su día han sentido envidia de esta constancia.

Además, este carácter ha producido un objetivo aislamiento de los servidores del Estado burgués español en Cataluña. Funcionarios, maestros, fuerzas de represión… todos ellos se han visto a sí mismos sin posibilidad de integración. La barrera lingüística ha mantenido la claridad de posiciones y cuando incluso las clases dominantes catalanas han utilizado la capacidad represiva, directa o indirecta, del Estado siempre ha quedado diáfana esa característica utilitarista, mercenaria por parte del lado estatal.

De aquí también ha partido esa inquina hacia lo catalán. El enfrentamiento objetivo entre lo catalán y lo “español” ha sido inevitable, puesto que lo “español” supone en sí mismo la negación de lo catalán (y de lo vasco, lo andaluz, etc). La disparidad de ritmos de conciencia nacional –todavía actuante– es la que ha producido el conflicto. Mientras Cataluña se ha consolidado como nación, otros países peninsulares comenzaban ese proyecto, causándose así una desincronización utilizada por el españolismo para ganar base de masas. La construcción nacional (sobre todo en nuestro caso, el de la nación andaluza) de estos países es una bomba de tiempo para el españolismo y por tanto una ayuda objetiva para Cataluña (pese a las reticencias que puedan tener sus sectores burgueses nacional-imperialistas).

Ahora bien, todas estas variables se han combinado de manera peculiar en las distintas zonas ibéricas. A continuación pasamos a estudiar la especificidad del anticatalanismo en Castilla y Madrid, País Valenciano y Andalucía. Los escogemos pues en cada uno de ellos este factor común presenta rasgos diferenciales.

4     EL ANTICATALANISMO IMPERIAL CASTELLANO. EL ANTICATALANISMO DE MADRID.

Aunque con rasgos comunes, es necesario diferenciar la “catalanofobia” de la Castilla campesina, clerical y atrasada, del anticatalanismo presente del monstruo vampirista y burocrático que es la urbe cortesana madrileña.

Castilla, sin limites claros siquiera, dividida, inarticulada; se vació históricamente en la creación del Estado e imposibilitada de mantener su propia identidad, adoptó la “españolidad”, cargada con sus propias referencias, como programa e ideología.

Castilla fue victima y verdugo. Castilla llegó a la culminación querida por cualquier torturador: que el torturado apruebe la conveniencia de su tormento y asuma la postura del creador de su sacrificio.

Tras las Comunidades, se cierra la posibilidad de erección de una burguesía comercial castellana. La aristocracia –a su tiempo convertida en burguesía oligárquica terrateniente– será la que cree la ideología dominante en Castilla. El Imperio será la sublimación que encuentren las masas campesinas castellanas, no asalariadas sino semipropietarias en su mayoría, para olvidar su miseria. La dureza del páramo se vertirá en la dureza impositora del castellano, en su orgullo de conquistador empobrecido. El Estado será la salida económica de Castilla, no de sus productos, no de un desarrollo propio, antes al contrario, será un cauce deformado a través del cual se producirá un ascenso social que empobrece aún más la propia región. Castilla semifeudal, Castilla paupérrima, surtirá de militares y escribientes al Estado. Sus Universidades formarán las capas encargadas de cumplir la función de reproducción ideológica del Estado y por tanto del españolismo. Castilla, creadora de la Inquisición.

Así, Castilla odiará a su antítesis catalana: productiva, comercial, técnica, auto-centrada. La defensa de la lengua catalana se verá como un ataque a una de las pocas conquistas de Castilla: la imposición de su lengua como oficial del Estado. Castilla no tolerará que si ella renunció (o la hicieron renunciar) a ser ella misma, Cataluña no ceda. Castilla, obligada a verse representada en la Corte, a mirar permanentemente a ella como lucero indicador, no soportará que Cataluña le vuelva la espalda y tenga a Barcelona como faro orientador abierto a Europa capitalista. Castilla y su campesinado se sentirán defraudadas al verse no sólo colonizadas desde Madrid –lo que ideológicamente les resulta tolerable– sino lo que sí le parecerá insultante, desde Barcelona.

Cualquier reivindicación de diferencia les parecerá un ataque personal. Castilla es “España” mal que ello le haya significado su agonía y, atada a ese carro esterilizador, unirá a él sus destinos mientras se consume a sí misma. Castilla, la más pobre (por sus recursos objetivos y por su estructura), será la más reaccionaria, la más anticatalana, y sólo los pequeños focos industriales crearán oasis en este erial españolista estático y negativista.

En Madrid actuará todo lo anterior pero dentro de la despersonalización megapólica propia de la “aldea manchega” engrandecida. La ideología burocrática precapitalista se acompañará de un falso universalismo. La absorción de poblaciones foráneas “descastellanizará” relativamente la ciudad. Cambiará la argumentación y el acento pero se mantendrán los contenidos. Madrid “superará” los nacionalismos pretendidamente provincianos y vacuos. Madrid, “abierta al mundo”, se sonreirá con aire de superioridad frente a la tozudez de las “provincias” (Cataluña la primera) por seguir siendo ellas mismas. Madrid podrá permitirse el lujo primero de prostituir lo andaluz, después de considerarse autónoma, vinculada directamente al mundo moderno. Ciudad artificial, hará de esta artificiosidad bandera. Se reirá socarronamente de verdiblancas, ikurriñas y senyeras pero sólo se sentirá identificada como tal ciudad (otra cosa son sus clases trabajadoras con conciencia política y sus vanguardias) con la bandera roja y gualda. Madrid, inevitablemente, será reducto objetivo del patriotismo español y sólo un esforzado y sublime acto de propia negación podrá dar un resultado liberador y solidario.

Madrid no aguantará la sombra de la Ciudad Condal. Los aparatos centralizadores con sede en ella marcarán la pauta de su conciencia y todo lo más que se podrá conseguir en ciertos períodos es una tolerancia ambigua para con las realidades de las naciones oprimidas. Madrid, en definitiva, anticatalanista cien por cien (repito, exceptuando sus sectores conscientes, internacionalistas) será candidata al desmantelamiento. Ésta será la única salida visto el problema desde la periferia y con más razón desde Cataluña, en donde históricamente la alternativa a Madrid se ha formulado en su momento dentro de un discurso que no comportaba obligadamente la superación del sistema económico que ha producido y mantiene al “hongo mesetario” (otra cosa es la realidad actual que exige acabar junto con él con el propio sistema).

5     EL ANTICATALANISMO PARANOICO DEL PAÍS VALENCIANO

“Como fue poblado desde su conquista casi todo de la nación catalana y tomó della la lengua, y están tan paredañas y juntas las dos provincias, por más de trescientos años han pasado los deste reyno debajo del nombre de catalanes, sin que las naciones extranjeras hiciesen diferencia ninguna de catalanes y valencianos”. Décadas de la Historia de la Insigne y Coronada Ciudad y Reyno de Valencia, Gaspar Escolano, Valencia, 1611. (Citado en Nosaltres els valencians, de Joan Fuster).

Hablar del anticatalanismo valenciano es hablar de la propia naturaleza del País Valenciano. Allí el anticatalanismo no es siquiera fundamentalmente un fenómeno referido al exterior; es una cuestión de propia introspección, de definición sobre si mismos, de polarización social y de alternativa política de clase. Es por tanto un tema que requiere por si solo muchísimas más páginas, esfuerzos y erudición de los que caben en un pequeño apartado de un articulo general sobre el anticatalanismo. Desde el insigne y profundamente humano Joan Fuster, toda la izquierda sana del País Valenciano se ha interrogado en los últimos años a sí misma y a su propio pueblo sobre lo que éste es y/o debe ser. Así que ni por un momento pensamos en sentar cátedra. Simplemente es imposible obviar la problemática especifica valenciana dentro de una introducción sobre el anticatalanismo.

El País Valenciano se constituye por la superposición violenta de la conquista militar de la Corona aragonesa, con la consiguiente inmigración catalana, sobre el sustrato, vamos a llamar “moro”, autóctono del país[6].

El anticatalanismo en el País Valenciano surge de la propia contradicción que encierra el propio país. Un país que en sus fronteras administrativas actuales e históricas[7] nace bipolar; con unas zonas vitales mayoritarias de raíz catalana inequívoca (más “burguesas”) y otras aledañas con influencias aragonesas o castellanas (más “aristocráticas”) finalmente unificadas en torno a esta última referencia. Así pues, el País Valenciano real para resurgir sin trabas ha de purgar primero a esos adherentes extraños que la historia le ha implantado en su carne; ha de escindir su tierra para poder ser. Más aún, cuando su propio ser es inexplicable e inmantenible aislado de su matriz y de su entorno histórico-cultural: Cataluña, los Países Catalanes.

Ese es el camino para la reconstrucci6n, para la formulación de su propia peculiaridad dentro de una unidad superior –por supuesto no “España”, sino los Países Catalanes–.

Ante esto, el anticatalanismo será en el País Valenciano, más que en ningún otro sitio, la forma de masas con que se encubra el españolismo. El chauvinismo anticatalán no sólo camuflará la defensa del Estado opresor sobre una nación hermana; conllevará la oposición a la propia constitución como país. El valencianismo político en su variante regionalista será absolutamente reaccionario y españolista porque intentará artificiosamente separar lo que es evidente que estaba unido por la historia, la lengua, la cultura y los intereses de las clases oprimidas empeñadas en acabar con el Estado que las acogota.

Sus bases no estarán en aquellas comarcas no catalanas, como pudiera pensarse. Antes bien, la lucha de clases hará nacer la polémica dentro del corazón inobjetable del País: L’Horta valenciana. La burguesía valenciana no cumplirá históricamente el mismo papel que la catalana. No tendrá ni su fuerza ni su dinamismo; se montará en el autobús españolista como hizo en su momento la aristocracia atemorizada por la rebelión menestral y campesina de las Germanías. Y esta coalición histórica (clases dominantes-Estado español), con la castellanización que encierra, continuará actuando aunque cambien los sujetos sociales preeminentes. Como en su momento se formuló, la opción se establecerá claramente: las clases explotadas mirarán hacia Barcelona, las explotadoras hacia Madrid. La izquierda reunificará; la derecha separará y manipulará. La izquierda será nacional a fuer de catalana, la derecha antinacional por españolísima.

Inmantenible el uniformismo en nuestros días; impresentable la actitud resumida en el grito hist6rico de “¡Viva Cervantes!” (que no Ausias March) propio del siglo pasado, la burguesía se sacará de la manga una caricaturesca “identidad valenciana”, con una presunta lengua como base. La forma de hablar el catalán de los valencianos se convertirá, por arte de birlibirloque, en una nueva lengua de origen desconocido, filológicamente indefendible, con normas ortográficas hechas a toda prisa. Algo así como si nosotros los andaluces –desposeídos por las lanzas de nuestra perdida yengwa andalusina– empezáramos a escribir cual hablamos el castellano. En un tristrás habríamos inventado una lengua con la misma seriedad que tiene ese montaje que es la “lengua valenciana”. Hasta del nombre surgirán decantaciones. La burguesía hablará de “reino”, dentro siempre de la “España Grande”, se entiende. La izquierda, de país (y el PSOE, como buen ninot, se quedará en “comunidad”, ni chicha ni limoná).

En el País Valenciano, frente al anticatalanismo castrador de su propia identidad, defender al país real, libre de limitaciones impuestas y de híbridos, superador de meras referencias folclóricas, será defender a los Países Catalanes; ser “catalanista”

6     EL ANTICATALANISMO ANDALUZ, LA “CONCIENCIA NACIONAL DE LOS IMBÉCILES”.

Es obligado decir al inicio de este epígrafe que en cierto grado y en algunos sectores –los más reaccionarios o los más atrasados de la sociedad andaluza– el anticatalanismo andaluz repite ciertas posturas del anticatalanismo castellano. Sin embargo, lo más significativo no es lo que tiene de común –cuando lo tiene– sino lo que lo diferencia.

La frase “¡qué quieren éstos, si son los andaluces los que han levantado Cataluña!” encierra en sí misma la distinta visión, la peculiar ubicación fruto de una realidad específica. Y de esta especificidad tenemos que partir para analizar en sus justos términos el anticatalanismo andaluz.

Andalucía es un país dependiente. Un país que fue conquistado militarmente en su momento, que sufrió un genocidio cultural masivo y que, como consecuencia de él, se alienó en su conciencia de su propia identidad separada. Andalucía, junto a Cataluña, estuvo en primera línea de todas las revueltas particularistas del siglo XIX. Sólo la falta de una clase burguesa nacionalista con intereses propios, distintos de la oligarquía de origen extranjero dominante en el aparato estatal y en el propio país, hizo discurrir la historia por senderos desiguales. Andalucía, país agroexportador de estructura latifundista, país minero en manos del imperialismo, perdió el tren –o se lo hicieron perder– del crecimiento industrial capitalista y a la postre quedó reducida –la más favorecida por la Naturaleza– a la condición de “colonia interior”, compartida tanto por la oligarquía central aliada del imperialismo europeo como por las avanzadas burguesías vasco-catalanas. Un país rico en recursos se transmutaba –merced al capitalismo desigual– en uno en el que la mayoría de su población malvivía o se veía obligada a emigrar al extranjero.

Precisamente esa emigración –fenómeno que empapa a todas las clases trabajadoras andaluzas puesto que todo el mundo ha pasado por ahí o tiene un familiar que lo haya hecho– es la que, de un lado, va a “recrear” un anticatalanismo sui generis, de otro va a reconvertir el sentimiento de marginación en incipiente conciencia nacional formulada a través de la demanda de autonomía y autogobierno, fundamentalmente encabezada por la clase obrera del campo y la ciudad.

Centrándonos en el anticatalanismo, habremos de convenir en que en su origen -aunque su resultado final sea su antítesis– juegan instintos anticapitalistas y antiimperialistas. Se odia al catalán porque por un lado suele ser el patrón, el capataz, el tendero; de otro, porque se es confusamente consciente de que el desarrollo catalán implica el subdesarrollo andaluz (dentro del capitalismo). Aquí aparecen combinados dos fenómenos: la resurrección, de una parte, de la “judeización” del catalán –catalán = burgués–, de otra, la acción del españolismo – ideología oficial de la burguesía andaluza– que intenta utilizar a los andaluces como caballo de Troya antinacional en Cataluña. La opresión nacional de corte terrorista que sufre Cataluña bajo el franquismo –época de la masiva emigración andaluza– significará la imposibilidad de formulación clara y expresa por parte de los catalanes de su reivindicación nacional, quedando su comprensión, por tanto, ininteligible para los campesinos inmigrantes (que es difícil que por “ciencia infusa” lleguen a entender el complejo mundo de la cuestión nacional, como algún zoquete catalán parece haberles exigido). Al tiempo, el Estado potenciará el chauvinismo anticatalán bombardeando con las conocidas expresiones “hable la lengua del Imperio, hable en cristiano”.

Así se superpondrán dos opresiones: la del Estado español sobre Cataluña, nación capitalista desarrollada hegemonizada por su burguesía y la de la clase trabajadora andaluza explotada por ese mismo Estado y por la burguesía catalana. Nuevamente los árboles no dejarán ver el bosque y se hará a los catalanes extensiva la totalidad de la culpa por el terrible sufrimiento colectivo que padece el pueblo andaluz.

Los andaluces emigrantes –campesinos- no entenderán la actitud catalana; en sus manifestaciones defensivas acerca de la propia identidad catalana sólo verán prepotencia y egoísmo. Su contacto limitado con el pueblo catalán, gracias a su marginación en guetos (Hospitalet, San Boi, Santa Coloma, etc.), presentará a los andaluces estos gestos no como maneras antifranquistas de expresión sino como muestras de racismo antiobrero-antiandaluz. Acostumbrados desde que vivían en su país a escuchar que “hablan mal el castellano” (?) se encontrarán en Cataluña con que son rechazados precisamente por hablarlo y lo serán por gentes que viven infinitamente mejor que ellos lo hacían en sus puntos de origen. “¿Qué quieren estos?”, se preguntarán los andaluces.

Pese a que los catalanes –incluso vergonzosamente y hasta hoy en día parte de sus “vanguardias” políticas- los clasifiquen como “castellanos” –por su lengua- el resultado en la actitud de los andaluces sobre sí mismos será distinto. La marginación fortalecerá el propio orgullo, hará rebuscar en las raíces, desbrozar el grano de la paja; transcrecerá la conciencia de identidad y los andaluces de Cataluña se harán políticamente más andaluces y por extensión harán a los andaluces que sobreviven en su país reflexionar sobre cómo entender su liberación; ya no sólo comprensible como una emancipación pura de clase, ya también como una emancipación nacional.

Desgraciadamente, el proceso de ocupación del sitial hegemónico dentro del movimiento nacional catalán por la izquierda clasista no fructificará, como ya dijimos. Esto traerá consigo para los andaluces, a través de sus sectores de vanguardia, un retroceso en la comprensión del problema catalán que nuevamente –a nivel de masas- se volverá cada vez más a identificar con la burguesía capitalista, escindiendo al movimiento popular binacional en un tema crucial.

Asimismo, el lugar central económico, político, vivencial, nacional, que tiene la emigración a Cataluña sobredotará, deformándola, la cuestión de la opresión de Andalucía por los capitalismos españoles, escorando en exceso la responsabilidad y el odio hacia lo catalán, presentado como agente máximo de la explotación.

Utilizado por sectores pequeño-burgueses en absurda carrera por encontrar burguesía nacionalista en la que basarse, el anticatalanismo –vergonzante manera de españolismo camuflada de “andalucidad” despuntada- se convertirá –para mal de Andalucía y de Cataluña- en la “conciencia nacional andaluza de los imbéciles”, parafraseando la frase de Bebel sobre el antisemitismo. El anticatalanismo sustituirá al que objetivamente debería ser centro ideológico de la reivindicación nacional proletaria andaluza: el antiespañolismo. El problema radicará en que el antiespañolismo sólo puede ser asumido desde una perspectiva revolucionaria y esto conlleva un cambio cualitativo en la conciencia política de las masas trabajadoras andaluzas y una modificación en la correlación de fuerzas dentro del movimiento obrero, pues el reformismo –tanto en Cataluña como en Andalucía- es vergonzosamente españolista.

Además, la izquierda catalana sensible ante el tema nacional desde una posición de clase, se quedará –como ya hemos apuntado- retrasada frente a la realidad. Entenderá la afirmación andaluza en Cataluña como una manera de lerrouxismo[8], no como una manifestación más de un proceso de construcción nacional de Andalucía complejo y multivariado. No atisbará que la única posibilidad de reenganchar con rigurosidad a los andaluces de Cataluña en la lucha de emancipación nacional catalana parte del reconocimiento nacional de la comunidad andaluza. Para ayudar a los catalanes, los andaluces han de ser más políticamente andaluces aún, por tanto menos o nada “españoles”. Esta es una cuestión política aún irresuelta.

Por supuesto que esto no conlleva la necesidad de organización y representación separada como mantuvo en su momento –con éxito, 60.000 votos- la demagogia andalucista de Rojas Marcos[9]. Los trabajadores andaluces en Cataluña –el 100% de la comunidad en la practica- han de organizarse según criterios de clase en organizaciones comunes con sus hermanos catalanes pero estas formaciones, para que tengan éxito en su vinculación de los andaluces -no como individuos aislados sino como comunidad-, han de reconocer públicamente su estatus binacional y ser avanzadas desde Cataluña en la lucha de Andalucía por su Soberanía Nacional. Así, la solidaridad será de doble vía, no unidireccional y el internacionalismo no formal sino real.

Así también las organizaciones catalanas que quieran destruir el anticatalanismo deberán desterrar el “absorcionismo”. Los andaluces son y serán andaluces, en su mayoría al menos, hasta que puedan retornar a su patria. Hay que admitirlo y sacar conclusiones de esta “voluntad de retorno” imposibilitada de consumarse por la situación de dependencia y explotación cuasicolonial de Andalucía, no por falta de ganas de los andaluces. Claro que todo esto –una vez asumido junto a todo lo anterior- no tiene por qué significar cejar en el esfuerzo por la integración practica temporal, desde la propia referencia nacional, en la nación catalana. Una vez asumida esta posición internacionalista se puede y se debe continuar en el esfuerzo de hacer participes a los andaluces en la defensa de la lengua catalana, en la reconstrucción nacional catalana; será la forma de demostrar esta nueva unificación popular pero siempre haciendo constar que no existe voluntad anexionista sino respeto y solidaridad mutuos.

La lucha contra el anticatalanismo en Andalucía, aunque no con el mismo grado que en el País Valenciano, forma parte del propio proceso de construcción como nación. Desterrar el anticatalanismo hasta su exterminación es un trabajo obligado en el combate por la liberación nacional de Andalucía. El enemigo popular ha de ser el enemigo real, no el que la ideología dominante nos quiere presentar para así abortar nuestro desarrollo político e ideológico y desviar nuestros dardos.

Andalucía tiene que ser catalanófila, españófoba y radicalmente antiburguesa si quiere ser Andalucía hasta sus ultimas consecuencias, tal y como le interesa a sus clases trabajadoras.

7     CONCLUSIONES

-El anticatalanismo, síntesis del retraso económico del resto del Estado y del chauvinismo contra un pueblo identificado con una clase, es la única expresión ideológica efectivamente “de masas” del españolismo, incapaz de movilizar en la practica a nadie por sus otras formulaciones (bandera roja y gualda, unidad, etc.).

-El anticatalanismo es plural. Existen varios tipos. En cada uno de ellos se vierten las características peculiares del país en que actúa. Anticatalanistas imperiales de calzón roto, burocráticos, paranoicos y deformadamente antiimperialistas se subsumen en la práctica en una manifestación objetivamente del todo reaccionaria.

-La lucha contra el anticatalanismo ha de ser permanente. La actitud ante él ha de ser agria, tanto como –por ejemplo- ante las manifestaciones del sexismo machista. Un chiste anticatalán nos debe poner tan en guardia como un chiste verde.

-El combate contra el anticatalanismo es una practica y profunda forma de ejercer el internacionalismo, de ser consecuentemente revolucionario/a solidario/a hacía Cataluña y realista ante la perspectiva emancipatoria de la propia nación y de la clase.

 

Javier Pulido

Andalucía, 1985

 

Digitalizado por ANDALUCIA LIBRE

5 de Febrero de 2005

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[1] Definimos al españolismo como la expresión supurada por el aparato de Estado burgués español y la oligarquía centralista, basado en la afirmación de una inexistente legitimación nacional-unitarista para su existencia y construido con el objeto de negar tanto la lucha de clases como la realidad multinacional del territorio ocupado por ese Estado y expoliado por esa clase, con la intención de mantener y reforzar su tiranía sobre las naciones oprimidas y el proletariado explotado.

[2] Entender la peculiaridad no como excepcionalidad en cuanto a diferencia sino como sinónimo de singularidad en cuanto a desarrollo y estructuras de Cataluña.

[3] La nación no es un pueblo diferenciado solamente. Nación es un pueblo políticamente consciente de sí mismo que reivindica el reconocimiento institucional de su existencia y por tanto la posesión de soberanía nacional para autoorganizarse. El proceso de construcción nacional necesita una legitimación ideológica y económica sólo realizable en el periodo capitalista (no antes) entre otras cosas porque sólo burguesía y proletariado –fundamentalmente- pueden encabezar con coherencia un proyecto nacional y estas clases se solidifican con la dominancia del modo de producción capitalista.

[4] Aquí, evidentemente, todavía está presente para Balmes la inicial importancia de la industria andaluza quebrada posteriormente, hacia 1855-1870.

[5] Los pactos y trajineos de Francesc Cambó, acusado de querer ser a la vez “Bismarck de España y Bolivar de Cataluña”, son su reflejo.

[6] Últimos estudios en trance de publicación van confirmando la hipótesis de que la pervivencia de población “precristiana” fue bastante mayor de la que la historiografía tradicional quería conceder. Ocurre esto tanto en el País Valenciano como en Andalucía, no así en Galicia-Noreste peninsular, en donde serológicamente la población es diferente, asemejándose más a Europa septrentional.

[7] Ademas de las comarcas originalmente aragonesas, la centralización tuvo a bien adjudicarle en pleno siglo XIX dos comarcas completas y absolutamente castellanas: Requena y Villena.

[8] NOTA DE ANDALUCIA LIBRE. Lerrouxismo, de Alejandro Lerroux, fundador y dirigente del Partido Republicano Radical. A principios del siglo XX se destacó como agitador político en Barcelona con un discurso incendiario demagógico y españolista que pretendía mantener a los trabajadores apartados del anarcosindicalismo y enfrentados a la demanda nacional catalana. Culminó su carrera política durante la II República española aliándose con la derecha semifascista y clerical que encarnaba la CEDA de Gil Robles.

Por extensión, en el debate político catalán se entiende como lerrouxismo los intentos de afirmación española en Cataluña intentando utilizar como soporte social a los inmigrantes originariamente castellano-parlantes, presentando torticeramente la reivindicación nacional catalana como algo exclusivo de ricos y privilegiados y sus exigencias de normalización lingüística del catalán como injustas, pese a la situación de privilegio y oficialidad de la que dispone la lengua castellana en Cataluña gracias al amparo del Estado español y la carencia de Soberanía Nacional que sufre Cataluña. (Febrero, 2005)

[9] NOTA DE ANDALUCIA LIBRE. El PSA-PA (ahora Partido Andalucista), entonces dirigido por Alejandro Rojas Marcos, se presentó en las primeras elecciones autonómicas al Parlamento catalán en 1980, obteniendo dos diputados. Posteriormente no pudo revalidar este éxito en los comicios sucesivos y renunció a concurrir. Un año antes, en las elecciones generales de 1979, el PSA-PA había ganado en Andalucía cinco escaños para el Parlamento español, máximo histórico hasta la fecha obtenido por esta corriente política.

Para valorar lo acontecido en Cataluña entonces en toda su dimensión política y sociológica hay que recordar que la izquierda socialista independentista catalana nunca ha conseguido representación parlamentaria en su Parlamento nacional. (Febrero, 2005)

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